Asistido por IA
Sí, es posible imaginar el fin del capitalismo. El horizonte comunista de Carlos Pérez Soto
"Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo."
Esta frase, popularizada por el pensador británico Mark Fisher en su libro Realismo capitalista (2009), se ha convertido en una de las radiografías más certeras de nuestro tiempo. Y no porque describa una catástrofe, sino porque describe una parálisis: la de nuestra imaginación política.
Vivimos rodeados de apocalipsis. El cine, las series, los videojuegos y la literatura nos bombardean con pandemias, colapsos climáticos, invasiones zombis y catástrofes de todo tipo. Nuestra cultura popular está obsesionada con el fin del mundo. Sin embargo, cuando se trata de imaginar un mundo sin explotación salarial, sin la mercantilización de la vida, sin la acumulación infinita de capital en manos de unos pocos, la imaginación colectiva se bloquea. El capitalismo no se nos presenta como un sistema histórico, construido y por tanto superable, sino como la propia "realidad", tan natural como la gravedad.
A esto es a lo que Fisher llamaba realismo capitalista: esa atmósfera cultural en la que cualquier alternativa al sistema se descarta automáticamente como utópica, ingenua o peligrosa. Y no es casualidad. La industria cultural, en manos de la oligarquía financiera y corporativa, se encarga de producir y distribuir relatos que refuerzan esta parálisis. Nos venden la rebeldía como producto de consumo —camisetas con el Che Guevara, películas "antisistema" producidas por Disney— y promueven un "capitalismo verde" o "consciente" que no cuestiona las raíces estructurales del problema. El resultado es cinismo generalizado, depresión colectiva y resignación crónica.
Pero Fisher también nos dejó una pista esperanzadora: si el realismo capitalista es una construcción cultural, puede ser desmontado. Y para desmontarlo, lo primero que tenemos que hacer es recuperar la imaginación. Ejercitarla. Recordar que el capitalismo no siempre existió y que, por tanto, no siempre existirá.
El mal institucionalizado es más antiguo que el capitalismo
Reducir la emancipación humana a la mera superación del capitalismo sería un error histórico. El capitalismo —surgido entre los siglos XV y XVIII con la expansión europea y la posterior revolución industrial— es solo la forma más reciente y globalizada de una patología social mucho más antigua. El verdadero objetivo no es solo abolir el trabajo asalariado o a la burguesía, sino erradicar definitivamente la sociedad dividida en clases.
Amos y esclavos, señores y siervos, patricios y plebeyos, nobles y campesinos: las jerarquías existen desde mucho antes de 1750, fecha en que Inglaterra empieza a desarrollar el capitalismo. Son anteriores a 1492 y a la expansión europea por el mundo. Son anteriores a la primera modernidad del 1100, cuando los europeos copiaron y superaron los adelantos tecnológicos árabes. Son anteriores al Imperio romano, al Imperio chino, a las civilizaciones hidráulicas de Oriente y a los imperios mesoamericanos.
El mal institucionalizado que gobierna nuestras vidas —ese que crea desigualdad, que hace a unos seres humanos inferiores a otros, que permite que un grupo se apropie del trabajo y la vida de otro— es tan antiguo como la civilización jerárquica. No nació con el mercado; nació con la coerción.
Y hay algo todavía más profundo. Si la sociedad de clases es antigua, el patriarcado podría ser aún anterior. La arqueóloga Assumpció Vila Mitjá ha señalado que el control social de la reproducción biológica existe desde la prehistoria. Su mecanismo podría haber sido tan sutil como estructural: primero se desvalorizó el aporte productivo de las mujeres mediante la división del trabajo en función del sexo, y luego, sobre esa base, se impuso una regulación normativa de su sexualidad reproductiva. Quienes aportaban los productos más valorados adquirieron el poder de dictar leyes, castigos y prohibiciones sobre quienes aportaban lo menos valorado.
Así se fraguó el sistema patriarcal, cuyo instrumento es la división del trabajo en función del sexo, cuyo producto es la discriminación de las mujeres, y cuyo objetivo es el control de la reproducción. Este sistema no requirió el excedente económico ni el Estado propio de las sociedades de clases. Se consolidó en las propias sociedades de cazadores-recolectores del Neolítico, demostrando que la opresión de las mujeres es la matriz histórica sobre la que después se edificarían todas las demás jerarquías.
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| Triunfo de la sociedad jerarquizada de clase |
¿Por qué triunfaron las sociedades jerárquicas?
Durante la inmensa mayoría de la historia humana —más del 90% de nuestra existencia como especie— vivimos en sociedades igualitarias, sin clases sociales, sin Estado y sin acumulación significativa de riqueza. El antropólogo Marshall Sahlins las describió acertadamente como las "sociedades opulentas originales", pues sus necesidades eran limitadas y fácilmente satisfechas. Entonces, ¿por qué surgieron y triunfaron las sociedades jerarquizadas?
La clave está, paradójicamente, en la ineficacia de los medios de producción en las sociedades tradicionales preindustriales. Antes de la maquinaria moderna, producir un excedente agrícola suficiente para alimentar a una población densa requería una cantidad ingente de trabajo humano. En esas condiciones, la forma más "eficiente" —desde el punto de vista de quienes detentaban el poder— de obtener ese excedente no era mediante la cooperación libre, sino mediante la coerción: esclavizando prisioneros de guerra, sometiendo a los campesinos o imponiendo tributos.
La jerarquía nació así como un "atajo" para extraer trabajo ajeno cuando la tecnología no permitía la abundancia generalizada. Las sociedades guerreras triunfaron sobre las pacíficas porque la violencia organizada les permitió apropiarse de recursos a costa de las demás, consolidando así las élites jerárquicas. La guerra organizada, como fenómeno sistémico, está intrínsecamente ligada al nacimiento de la propiedad privada y las sociedades de clases.
Pero aquí viene la gran noticia: con el actual nivel de desarrollo tecnológico y productivo, la guerra y la explotación se han vuelto completamente prescindibles. La automatización, la logística global y la agricultura moderna tienen la capacidad de generar abundancia mundial. Hoy, la guerra y la explotación solo persisten como tradiciones anacrónicas, instrumentos para mantener privilegios geopolíticos heredados y perpetuar actitudes arcaicas de dominación.
La gran paradoja de nuestra era es que ese mismo desarrollo tecnológico que hace innecesarias las guerras las ha convertido en un peligro existencial. La ciencia que podría erradicar la escasez ha creado arsenales nucleares capaces de garantizar la destrucción mutua asegurada. Abolir la guerra y la explotación ha dejado de ser solo un imperativo moral para convertirse en la condición ineludible para la supervivencia de la especie.
La División Social del Trabajo: la matriz de toda dominación
Para comprender cómo funciona esta dominación en el presente, hay que acudir al filósofo chileno Carlos Pérez Soto, uno de los pensadores marxistas más originales de nuestro tiempo. En obras como Proposición de un marxismo hegeliano, Marxismo: aquí, ahora o Para una crítica del poder burocrático, Pérez Soto ha desarrollado un análisis profundamente lúcido de las formas contemporáneas de explotación.
Para Pérez Soto, la División Social del Trabajo (DST) no es una mera distribución funcional de tareas, sino la matriz material de toda dominación. Consiste en la separación radical entre concepción (pensar, diseñar, decidir) y ejecución (hacer, obedecer), escisión que constituye estructuralmente las clases sociales como funciones antagónicas definidas por la explotación.
Esta lógica es el sustrato común tanto de la sociedad de clases como del patriarcado. Bajo el dominio de la DST, el desarrollo tecnológico no es neutral: se diseña para controlar el proceso de trabajo, arrancando el saber al productor y concentrándolo en quienes dirigen la producción. Un ejemplo histórico claro es el taylorismo y la cadena de montaje: la maquinaria no se introdujo para asistir al artesano, sino para arrancarle el conocimiento de su oficio, encapsular ese saber en la máquina y transferir el poder absoluto a quien la posee y programa.
El concepto marxista de clase social, según Pérez Soto, no remite a estratos de ingresos ni a estilos de vida, sino a una relación antagónica de apropiación del excedente. La clase dominante ejerce el control efectivo de la DST: decide qué, cómo y quién produce, usufructuando ventajosamente el producto social. Sin embargo, este control se oculta tras formas de legitimación distintas.
La burguesía utiliza la propiedad privada de los medios de producción, transformando una relación de fuerza en un derecho legítimo, presentando su usufructo del excedente como retribución natural por ser "dueña" de las cosas. La burocracia —gerentes, tecnócratas, altos funcionarios— carece de propiedad legal, pero ejerce el mismo control efectivo mediante el monopolio del saber administrativo, legitimado por títulos universitarios que funcionan como su equivalente simbólico, presentando la jerarquía como mérito y la obediencia como racionalidad.
Ambas formas de legitimación —propiedad y título— son ficciones que ocultan la misma realidad material: el control efectivo de la DST y la apropiación del excedente. Así se configura lo que Pérez Soto llama el bloque de clases capitalista-burocrático: una alianza estructural entre capital financiero y élite tecnocrática que, pese a sus distintos discursos legitimadores, comparte el mismo control efectivo y la misma apropiación del excedente generado por los productores directos.
Y este bloque es, en el fondo, lo que hoy conocemos como la oligarquía financiera y corporativa que domina el mundo.
El desarrollo tecnológico como llave de la emancipación
Aquí es donde el análisis de Pérez Soto se vuelve especialmente esperanzador. Si bien el capitalismo y la burocracia utilizan la tecnología para profundizar la DST, la tendencia objetiva del avance tecnológico contiene el potencial material para superarla definitivamente.
Hoy en día, gracias a la informática, la automatización, la robótica y la inteligencia artificial, la productividad del trabajo es gigantesca: se necesita una cantidad mínima de esfuerzo humano para producir los alimentos, viviendas, ropa y energía que el planeta entero requiere. Sin embargo, bajo el dominio del bloque burgués-burocrático, este aumento de productividad no se traduce en descanso para la gente. Para evitar el desempleo masivo y mantener el mercado de consumo, el sistema recurre artificialmente a la tercerización de la economía, inventando millones de trabajos burocráticos inútiles cuyo único objetivo es justificar que la gente reciba un salario para seguir consumiendo. La tecnología se usa para controlarnos y vigilarnos en red, no para liberarnos.
No obstante, el desarrollo de la automatización tiene una consecuencia no deseada por la clase dominante: hace obsoleta la necesidad de una casta separada de "concebidores" o gestores. Cuando la producción se automatiza y la información se digitaliza, el conocimiento técnico deja de ser un misterio reservado a iniciados con títulos universitarios y se vuelve accesible para la comunidad.
La propuesta estratégica de Pérez Soto consiste en reapropiarse de esta tecnología. Si las máquinas hacen el trabajo pesado de manera ultraeficiente, la solución es reducir drásticamente la jornada laboral obligatoria —proponiendo progresivamente trabajar solo entre 5 y 10 horas a la semana— manteniendo e incluso aumentando los salarios, financiándolo a costa de las ganancias capitalistas y eliminando las inútiles jefaturas burocráticas.
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| Superación de la DST |
El horizonte comunista: trabajo socialmente necesario y trabajo libre
El giro más radical es destercerizar la economía: el salario se restringirá única y exclusivamente a la producción de bienes físicos y tangibles. Todos los miembros sanos de la sociedad participarán en ese brevísimo turno de trabajo obligatorio para producir la comida, la energía o las viviendas comunes. De este modo, se liberan los servicios de la lógica del mercado: nadie volverá a recibir un sueldo por educar, investigar, hacer arte, programar o sanar a otros. Estas actividades se convertirán en derechos humanos básicos y gratuitos ejercidos en el inmenso tiempo libre de cada uno.
Aquí es donde Pérez Soto introduce una distinción fundamental para caracterizar la sociedad comunista: la diferencia entre trabajo socialmente necesario y trabajo libre o vocacional.
El trabajo socialmente necesario es aquel mínimo e ineludible que la comunidad requiere para su supervivencia y reproducción: producir alimentos, energía, viviendas, infraestructuras básicas. Este trabajo, altamente tecnificado gracias a la automatización y la robotización, sería repartido entre todos los que pudieran hacerlo y ocuparía apenas entre 5 y 10 horas semanales.
El trabajo libre, en cambio, es aquel que cada persona elige por vocación, por deseo, por pasión: pintar, investigar física cuántica, enseñar historia, cuidar enfermos, escribir poesía, programar videojuegos, cultivar un huerto comunitario. Este trabajo no se remunera con salario porque no necesita ser incentivado económicamente: se realiza por el puro goce de hacerlo, y constituye la verdadera riqueza de una sociedad emancipada.
Un ciudadano trabajará sus 5 horas obligatorias en la fábrica de alimentos o en la planta de energía, y el resto de la semana se dedicará libremente a su vocación. El saber deja de ser el fetiche o la propiedad de un gremio de expertos para convertirse en una práctica social transparente y colectiva.
Y aquí conviene aclarar algo importante, porque hay muchos malentendidos sobre el comunismo. Pérez Soto ha insistido repetidamente en que el horizonte comunista no es una sociedad de seres humanos uniformes y felices, viviendo en armonía paradisíaca. No se trata de que todos seamos iguales ni de que todos seamos felices todo el tiempo. Se trata, mucho más modesta y mucho más radicalmente, de que se acabe la lucha de clases. De que nadie pueda vivir del trabajo de otro. De que nadie pueda imponer su voluntad sobre otro mediante la coerción económica o administrativa. El comunismo no es el paraíso; es la condición previa para que la humanidad, por fin, pueda empezar a plantearse libremente sus propios problemas.
Todo esto YA es posible técnicamente
Lo que hace imposible esta sociedad no es la tecnología, ni la naturaleza humana, ni la escasez. Lo que lo hace imposible es la actuación de la élite financiera y corporativa, que manipula la sociedad a gran escala para impedirlo. Esta élite no solo bloquea las reformas que reducirían la jornada laboral o redistribuirían la riqueza; activamente nos lleva a guerras que podrían escalar a conflictos nucleares, y utiliza el formidable aparato de propaganda y control social que las tecnologías ponen a su disposición para mantenernos paralizados, divididos y resignados.
El realismo capitalista, el bloqueo de la imaginación del que hablaba Fisher, no es un fenómeno natural: es producido y mantenido activamente por quienes se benefician del orden actual. La industria cultural, los medios de comunicación, las redes sociales algorítmicas, la precariedad laboral que nos roba el tiempo y la energía mental: todo forma parte de un mismo dispositivo que nos impide imaginar —y por tanto construir— una alternativa.
Pero si el bloqueo es producido, puede ser desmontado. Y la herramienta para desmontarlo es, precisamente, la recuperación de la imaginación política, y usarla para organizarnos y luchar. Recordar que el comunismo no es una utopía lejana ni un régimen totalitario del siglo XX, sino una posibilidad real, técnicamente alcanzable aquí y ahora.
Estimado Mark Fisher:
Lamento profundamente que no estés vivo. Si siguieras entre nosotros, me gustaría mucho poder entablar conversación contigo, para intentar convencerte de que sí es posible imaginar —y construir— una sociedad postcapitalista. Me gustaría mostrarte que el horizonte comunista que propone Carlos Pérez no es una ensoñación, sino la consecuencia lógica del desarrollo tecnológico actual puesto al servicio de la emancipación humana.
Me gustaría decirte que tu diagnóstico era certero, pero que tu pronóstico no tiene por qué cumplirse. Que el realismo capitalista puede ser derrotado, no por una catástrofe externa, sino por la recuperación colectiva de la imaginación política. Que sí, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, pero que esa dificultad no es una ley de la naturaleza: es el resultado de un bloqueo impuesto que podemos, y debemos, desmontar.
Tú ya no estás aquí, pero sigues vivo en tus lectores y admiradores. Y a ellos me dirijo, además de al público en general. A todos los que han sentido alguna vez que el capitalismo es una jaula sin salida. A todos los que han pensado que no hay alternativa. A todos los que han soñado, aunque sea en secreto, con un mundo donde el trabajo no sea una condena, donde el saber no sea un privilegio, donde la vida no sea una mercancía. Y a todos los demás.
Ese mundo es posible. Se llama comunismo. Y es el horizonte que debemos tener en mente para derrotar a la élite financiera y corporativa, para que la humanidad no solo sobreviva, sino que por fin empiece a vivir una vida verdaderamente humana.
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Y si quieres profundizar en las ideas de Carlos Pérez Soto, te recomiendo especialmente sus libros "Proposición de un marxismo hegeliano", "Marxismo: aquí, ahora" y "Para una crítica del poder burocrático". Sobre Mark Fisher, su obra fundamental es "Realismo capitalista: ¿no hay alternativa?". Y sobre el origen del patriarcado, los trabajos de Assumpció Vila Mitjá son una referencia ineludible.
Acceso a autores y libros:
Carlos Pérez (Al final hay un buen número de enlaces a obras y comentarios)
Carlos Pérez, lista de reproducción
Mark Fisher Wikipedia Mark Fisher lista de reproducción
Marshall Sahlins, Wikipedia Sociedad Opulenta Primitiva Sociedad Opulenta Originaria
Assumpció Vilá Mitjá, lista de reproducción La prehistoria, un peligro para las mujeres
Origen: Venus y cazadores
- Tema principal: Analiza el papel de la mujer y la división social del trabajo en el Paleolítico, cuestionando los estereotipos tradicionales sobre los roles de sexo (cazadores varones frente a mujeres asociadas únicamente a la pasividad o la reproducción). [1]
- Formato: Libro en rústica (tapa blanda) de 32 páginas. [1]
- Contexto de las Venus: Relaciona el significado de las llamadas Venus Paleolíticas con la realidad social, económica y de supervivencia de los grupos cazadores-recolectores. [1]
- Las nuevas interpretaciones de las Venus paleolíticas en la arqueología actual
- Cómo adquirir o encontrar este número de la colección



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